El Marco
viernes 11 de noviembre de 2016

Para que el hijo siempre vuelva...

La ancestral costumbre de guardar el pupo de los hijos.

Por Pablo Rosalía*

En las recopilaciones de tradiciones orales realizadas a mujeres campesinas del norte y nor-oeste cordobés entre el 2011 y 2013,  les preguntamos con especial interés sobre las prácticas y creencias relacionadas al pupo del recién nacido, o sea, al resto del cordón umbilical que se seca y se desprende a los pocos días dejando como cicatriz el ombligo mismo. Esta búsqueda comenzó el día que conversábamos con Estela (38) de la localidad de Macha sobre la sabiduría de las antiguas parteras de la zona. En ese momento se me vino a la memoria el frasco que mi madre guardó celosamente en la intimidad de su habitación y que contenía los pupitos de los 5 hermanos, envueltos uno a uno en algodón. Nunca supimos en casa qué hacían esos pupitos disecados allí, pero cuando se daba con el frasco a nadie se le ocurría moverlo: por algo estaba ahí. Al escucharme, Estela nos compartió emocionada que ella también conservaba con mucho celo el pupito de su hijo. ¿Y por qué se guarda el pupito Estela? le pregunté inmediatamente. Me contestó lo mismo que la mayoría de las madres que en el campo y en la ciudad mantienen esa práctica: … No lo sé. Lo hice porque mi abuela me dijo que era importante hacerlo… porque es una tradición en la familia  y porque mi mamá también lo hizo. La decisión de mantener un rito cuyo sentido se ha perdido o nos ha llegado fragmentado, se debe principalmente a que se reconoce la autoridad y el valor que los mayores acuñaban en la palabra. Gracias a esto muchas costumbres ancestrales aún mantienen su vigencia. Encontrar el sentido nos permitirá entonces fortalecer y retomar desde lo genuino una práctica que aún transita en nuestra sociedad. Con esa intención fue que continuamos hurgando sobre el asunto con personas de mayor edad.

El pupito no se guarda en cualquier lado m´ijo

A medida que pasaban los meses cada relato ofrecía nuevas características sobre la costumbre de conservar el pupo del recién nacido, pero su finalidad seguía sin mencionarse. Así fue como las mujeres, pero también los hombres presentes en las charlas, nos fueron detallando los lugares recomendados para guardar el pupito. Una regla general es que debe permanecer siempre en el hogar del recién nacido, que en el mundo campesino incluye a todo el peridomicilio donde se realizan una multiplicidad de actividades. Dentro del ámbito doméstico, el destino del pupo varía según la tradición familiar-comunitaria y las intenciones que más adelante detallaremos, pero básicamente se lo entierra o no. Para la primera opción citamos en palabras de Fidelia (61 años, paraje Los Chañares) una recomendación muy frecuente; A los ocho, quince días se le iba despegando solo el pupito, entonces lo agarraban y lo enterraban… Puede ser en cualquier lugarcito (alrededor de la casa) vasta que no lo escarben los perros, lo enterraban bien hondito. María (87 años, de La Rinconada) hace hincapié en otros de los sitios sugeridos; Con la partecita que le sobraba del ombligo, usted lo agarraba, lo envolvía en una bolsita, lo enterraba abajo e’ la tierra, hacía un pozo, lo que sí detrás de la casa… Todos hacían lo mismo, tras la casa, no lo enterraban en ningún lao sino ahí.  En varias charlas las mujeres recordaban que también era habitual enterrarlo a pocos centímetros de la puerta de entrada. También es frecuente escuchar que la tierra donde se hace el hoyito debe ser “nueva” o sea, nunca haber sido usada para nada. De esta manera ese espacio pasa a ser considerado sagrado ya que tampoco podrá utilizarse para otro fin.

Aquellas personas que no entierran el pupito suelen guardarlos entre los ladrillos de adobe de la pared o en el cañizo del cielorraso; Sí, acá todos los chicos tienen enterrao entre medio del techo y la pared o algún ladrillo de ahí. Dicen que después se hace todo tierra… nos decía Clara (58 años, pueblo de Macha) También debajo del colchón del matrimonio, como nos señalara Alcira (96 años) de La Rinconada, llevarlos encima (incrustado por ejemplo, en un colgante) o envolviéndolos por separado en gasa o algodón para guardarlos en algún tarro o frasco limpio. Ese recipiente tal como lo mencionamos, la madre suele esconderlo en la intimidad de algún espacio personal como un cajón, disimulado entre sus prendas. A veces el recipiente queda junto a la imagen de la virgencita del hogar, en señal de ofrenda y encomendándole la protección de sus hijos. Graciela (40 años) de San Francisco del Chañar así recuerda el caso de los pupos de sus 16 hermanos; …ahí en las casas, en un botecito de mayonesa que venían antes, ahí tiene mi mama todos los pupos de los changos, ¡bien envueltitos en algodón! Y se los ponía a la Virgencita (del Valle)

Contrario a lo que creíamos en un primer momento, conservar el pupo no era tarea exclusiva de la madre: en muchos relatos se menciona al padre colaborando en la búsqueda del sitio y el entierro. Y a la abuela y partera supervisando y asegurándose de que se cumpla con la tradición.

Para que vuelvan

Fue casualmente un hombre quien, sin esperarlo, nos compartió el primero de los tres sentidos de la costumbre de guardar el pupo del recién nacido. Atilio (77 años) reside en Villa del Totoral pero nació y se crió a tan solo 15 kilómetros de allí, en el pueblo de Macha. Conversábamos con él sobre la nostalgia del pago; Macha es lo mejor que tiene Totoral…Y por eso yo siempre le digo al que me pregunta: “yo soy de Macha porque tengo el pupo enterrado en Macha” Dicen que por eso uno siempre vuelve a la querencia, dicen las viejas de antes, al lugar de nacimiento, antes se decía la querencia, que era dónde uno nace, por eso será que…. Y varios me han dicho, ¿vos sabés que yo también siempre… la idea es venir a donde yo nací? Dice que eso lo atrae a uno. A partir de allí los nuevos testimonios fueron complementando el sentido que describía Atilio. Pero el concepto de “hogar o centro del individuo” se nos reveló más profundo aún. En una nueva charla con Alcira de La Rinconada nos comentó que;… había una señora allá que ella todos los pupos de los chicos los había echado en el colchón. ¿Pa’qué ha echao eso ahí? le pregunté; “Pa’que me den vuelta mis hijos”, decía, “pa´que no se me vayan” Así me decía la señora, que ella los guardaba pa’que los hijos no la abandonen y para que siempre la vean. Mercedes (83) del paraje Las Astillas nos resumió lo dicho hasta aquí. Con triste dulzura nos decía que por más que el destino deparara a los hijos una vida difícil y lejos del hogar, si la madre guardó los pupitos, tendrá por seguro que sus hijos en algún momento volverán.  En profundo sentimiento, es el regreso a una tierra-madre. Sirva este ejemplo para dimensionar cómo las políticas públicas de “erradicación” de hogares-rancho (legitimado por el prejuicio y desconocimiento de la sociedad en general) no solo producen un irreversible daño al Patrimonio Arquitectónico Campesino, sino que “saca de raíz” (significado de la palabra erradicar) el horizonte simbólico y cultural del campesino. En efecto, muchas personas nos han compartido su profunda pero silenciosa tristeza no solo por ver su hogar ancestral reducido a escombros, sino porque allí quedaron los pupitos de muchas generaciones.

Para que vengan y para prevenir.

El pupo representa simbólicamente al individuo que lo portó y materializa un vínculo real con la madre a modo de cordón umbilical imaginario que los unirá durante su existencia. Esto nos lleva a explicar un segundo sentido. El término “magia empática” fue acuñado para explicar reacciones similares de objetos que antes estuvieron unidos o se los logra vincular mediante alguna operación mágica. Desde este criterio si el pupito -una vez separado del cuerpo- entra en descomposición, el ombligo del niño se infectará. Esta es otra de las razones para enterrarlo;… para que no se le infectara el ombliguito, para que cicatrizara… sí… para eso. Claro, como queriendo decir que la tierra lo comía al pupito” (Fidelia, paraje Los Chañares) o bien para conservarlo; Hay que ponelo en sal, decían, para que ande bien y no se vaya a infectar, porque si usted lo tiraba nomas así se infectaba el pupo. (Liberato, 75 años paraje Los Chañares)

El tercer sentido de conservar el pupo que nos han compartido es que éste actúa como “llamador” de los próximos hijos. Dayana (15 años) es una jovencísima madre de San Francisco del Chañar que escuchó varias veces en boca de sus vecinas; …que no tengo que guardarlo por mucho tiempo al pupito, porque si vos lo guardás por mucho tiempo llama a otro crío…Esto mismo recuerda Saturnina (82) del pueblo de Tuclame: Mi mamá sabía tener en una botellita los pupos, y ya cuando supo que no iba a tener más hijos dice; “Todos estos pupitos hay que enterrarlos”

Por último destacamos que la importancia de esta costumbre se manifiesta también en la nostálgica preocupación de muchas personas sobre el “destino” de los pupitos en el contexto de la modernidad; …porque ahora la mayoría, cuando sale el pupito… al tacho de basura y listo. (Fidelia, 61 años, paraje Los Chañares)

Exceden a este artículo la difusión de esta costumbre en buena parte de América (con conexiones en las comunidades originarias y afroamericanas), las relaciones con el enterramiento de la placenta,  el resto del cordón umbilical y prácticas similares con la hacienda doméstica. Estas descripciones no agotan otros sentidos ni interpretaciones: es un borrador en limpio de lo que nos han compartido nuestros sabios abuelos y abuelas campesinas, una invitación a revalorizar, indagar y otorgarle sentido a una ancestral tradición aún vigente en nuestras familias.

*Asociación Cultural Relatos del Viento (www.relatosdelviento.org)