El Marco
miércoles 07 de febrero de 2018

Carmen Moyano fue premiada en un certamen literario en Tulumba

"Bautismo", el cuento de la artista local, fue el seleccionado en primer lugar por el jurado.

La polifacética artista Carmen Moyano obtuvo el primer premio en el Certamen Literario “Maximiliano Márquez Alurralde” de Villa de Tulumba. Moyano, siempre vinculada al mundo de la pintura y el arte plástico, desanda también el mundo de las letras y nos regala un hermoso cuento histórico que nos remonta al norte cordobés de antaño, de héroes y de costumbres bien arraigadas.

Su participación se enmarcó en la edición Nº 77 del tradicional Certamen Literario “Maximiliano Márquez Alurralde” de Villa de Tulumba. El mismo se realiza desde el año 1941. Nació juntamente con los festejos de la Semana de Tulumba, en conmemoración de la batalla de San Lorenzo. 

Moyano entabló relación con Tulumba a raíz de los encuentros de pintores a los que asiste. Así supo de la existencia de este certamen que se orienta hacia una temática histórica del norte de Córdoba y especialmente de Tulumba. El año pasado decidió presentarme con un cuento vinculado a la tragedia de Barranca Yaco, por las relaciones entre Santos Pérez y la villa (“No lo matés”). "Allí mi cuento obtuvo la primera mención y esa fue la primera presentación de una obra mía en un concurso y mi retorno a la tarea de escribir textos literarios que tenía abandonada", contó la artista.

Carmen Moyano con su diploma correspondiente al 1º premio del Certamen Literario “Maximiliano Márquez Alurralde”

En el 2017 publicó como invitada en la antología “Una Frescura de Sombra” del Grupo Literario Aguada de Jesús María y escribió otros textos aún inéditos. "Para la edición 77º elegí escribir sobre el héroe máximo de los tulumbanos que es el Granadero Márquez. Inmediatamente me enfoqué en cuál sería el punto para enlazar la ficción con la historia hasta que apareció el tema del bautismo religioso como ficción y su bautismo de fuego en el Combate de San Lorenzo como el hecho histórico", explicó la autora y agregó: "esa es la parte más difícil porque da vueltas en la cabeza todo el tiempo, día y noche, hasta que aparece la punta del ovillo. Cuando ya tengo claro sobré que quiero escribir busco el punto de vista, quién va a ser protagonista, que en este caso es la madre, trato de sentir cómo los hechos van a afectar a los personajes"

La narración está anclada en el espacio geográfico e histórico de lo que era Tulumba en esa época y en las características del Regimiento de Granaderos a Caballo y en los datos que se conocen sobre José Márquez en particular. Esos fueron "los puntos en los que se basó la investigación" previa a la escritura del texto, contó Moyano.

El pasado 30 de Enero se conocieron los ganadores del certamen, “Baustimo” obtuvo el primer premio.

Aquí el texto del cuento de Carmen Moyano, ganador del certamen Literario “Maximiliano Márquez Alurralde” de Villa de Tulumba

BAUTISMO

“San Martín dispuso el reclutamiento de los hombres más aptos y estipuló un estricto código de disciplina, que hasta el día de la fecha, bajo la denominación de Código de Honor Sanmartiniano, rige el accionar diario de los Granaderos a Caballo.”

La mañana está radiante y un sol mañanero pone brillos dorados sobre el empedrado y hace nuevos los espacios cotidianos. Las paredes de barro y piedra se preparan para albergar a los feligreses que darán testimonio del acontecimiento.

Mientras avanza por las losetas rústicas, la madre sueña sueños de grandeza para el recién nacido. Lo imagina corriendo por el patio de tierra apisonada, jugando con los perros y espantando a las gallinas y a los teros domesticados que se aquerenciaron en el rancho. Ya lo ve, camino a la escuela, con sus pocos saberes a cuestas en el fondo de la alforja pobre, la que ella le va a tejer, enhebrando colores y anhelos en la urdimbre de lana. Qué importa que sean pobres. Acaso a ellos se les han vedado los sueños?

Tulumba es una población importante, piensa, mientras mira con amor al hijo de sus entrañas. Tulumba es tierra de hacendados poderosos y es de ver la cantidad de viajeros que van al Alto Perú y que detienen su paso para disfrutar de las bondades del pueblo. De sus dulces y confituras, de sus empanadas jugosas y picantes y de las artesanías con las que llenan sus valijas como recuerdos de una tierra que los sorprende y los conquista con su simpleza y su belleza. Tierra austera pero imponente, con la generosidad que caracteriza a los parroquianos que los observan curiosos desde las cuatro esquinas. Esas cuatro esquinas que serán testigos de cada estirón que vaya pegando el José, de sus amores y de sus travesuras juveniles.

La música marca los compases de un himno religioso que brota desde el órgano con solemne melodía, esa que la llena de emoción cuando asiste a los oficios eclesiásticos, pero esta vez, la madre no puede abstraerse de lo que anhela. ¡Cómo en una tierra tan próspera no habrá un lugarcito para su José! Ante sus ojos de amorosa mirada ese montoncito de carne suya se deslíe y lo ve muchacho en una tierra de promisión. Lo imagina trabajador y valiente, honesto y con la humildad que caracteriza a los hijos de esta parte del mundo. Humilde, sí, pero no cobarde. Eso no pasará con un hijo suyo. Junto a su marido sabrán educarlo en la simpleza de los pequeños gestos y en la grandeza de los ideales más genuinos. 

Pero… ay… no sabe todavía la madre que el destino, Dios o quien sea, han escrito para ellos otra historia, tan distinta a la de sus sueños, pero tan grande como la que imagina. La que estará marcada por el segundo bautismo. El bautismo de fuego. Ese al que no le estará permitido asistir porque los hombres hechos y derechos enfrentan solos los desafíos que los llevan al bronce.

El puñadito de parientes mira con alegría tímida el pequeño cortejo que se dirige hacia la pila bautismal donde espera el sacerdote que acristianará al niño y marcará su frente y su pecho con el óleo primero y derramará las bendiciones del primer bautismo, el que se haría con agua. El del agua bendita.

La madre no podrá seguir con atención los ritos y las oraciones que murmura el sacerdote porque se hacen presentes las imágenes que pueblan sus sueños desde el primer anuncio. Aquellas que la hacen despertar sudorosa, con una mezcla de angustia y orgullo difícil de explicar. Difícil es también compartir sus inquietudes. No confía tanto en el secreto de confesión como para acercarse a la iglesia y aliviar su alma.

Unas veces son pesadillas y entonces se le dio por acariciar la barriga que crecía, primero, y ahora al niño como tratando de protegerlo. Le vuelve repetida en un eco la pregunta del niño una y otra vez: onde vas mamita? onde vas mamita? Por eso siempre supo que era un machito. Otras noches su cabeza se llena de soldados con gorras, calzones y casacas azules con vivos encarnados y botones dorados con una inscripción que en la vorágine de las imágenes no alcanza a ver. Algunas noches el cuadro se completa con cabalgaduras tordas brillando al sol, sus crines al viento y la cola al corvejón, con un estruendo de cascos herrados que dura varios días taladrando su mente simple de sensibilidad clarividente. 

Ahora el sacerdote está derramando el agua sobre la cabecita de José y la madre siente esa mezcla de angustia y orgullo que ya está instalada en su alma como una premonición. Busca la mirada de su esposo, y lo que ve la llena de desesperanza. Él no será parte de la crianza del niño ni tampoco ella. La pregunta que se repite en sus sueños cobra sentido es ese instante sagrado: Onde vas mamita, onde vas mamita… y en su corazón se instala la pena que adivina en los ojos de la virgencita del Rosario.

Hace un momento cuando la camisita se abría para recibir el óleo santo tuvo esta misma congoja porque pudo ver, en esa cruz brillante y protectora, la marca de los mártires. 

Los pocos asistentes avanzan ahora hacia la pila bautismal y se apiñan para recibir las gracias del sacramento y las bendiciones del angelito. El ritual del primer bautismo ha concluido. La madre gira sobre sus pasos y mientras hace la señal de la cruz sobre el nuevo cristiano entrega al pequeño al mimo de las abuelas. Desanda, a los tropezones, la rusticidad de las losetas hasta la plaza para ver el rostro familiar que cabalga en un tordillo brioso. Gorra azul, calzón y casaca también azules con vivos encarnados y botones dorados. Ella lo espera ansiosa a un costado de la iglesia a la sombra del tala. Se da vuelta y busca la mano de su esposo, pero no la encuentra. Sólo un montón de desconocidos que observan admirados la estatua del soldado enclavada en un costado de la Plaza. Pero a ella nadie la ve, nadie la escucha porque hay demasiada gente y la música militar invade el aire y ahoga su voz que se pierde llamando al hijo. ¡Viva!, ¡Viva!, repiten los desconocidos. ¡Viva el Granadero Márquez! ¡Viva Tulumba!

Carmen Moyano