El Marco
jueves 22 de marzo de 2018

Una mujer y sus rodeos para sanar la tierra

Transiciones a la agroecología: un caso de Coronel Moldes.

Por Leonardo Rossi

La vieja postal del vigoroso movimiento agrario del sur cordobés se destiñó hasta tornarse una evocación nostálgica. Campos de chacras mixtas y tambos supieron atravesar miles de hectáreas: familias que habitaban en las “taperas”, producción de alimentos para autoconsumo, para la región y para el país eran guías de la cotidianeidad rural, y hoy retornan como un imposible o en algún caso como el desafío de una aventurera. Perdón: retornan por la convicción de una mujer activista en la búsqueda de otro campo posible. 

Coronel Moldes, Río Cuarto, se ubica en un área donde la cooperativa San-Cor supo marcar el ritmo socio-cultural durante largo tiempo. Hoy es suelo arrasado: literal. La erosión vinculada al drástico e intenso cambio productivo, en favor del monocultivo agrícola (soja-maíz), se percibe. Cárcavas, tierra que aparenta muerta, remolinos de polvo e inundaciones. Pero siempre, siempre hay resistencia. Y ahí está Luciana Sagripanti (38), junto a su compañera Laura (40), mamá Celia y el pequeño Camilo (3). “Mi lucha fue siempre contra el éxodo rural, y ahora busco ganarle cada año alguna hectárea más a la agricultura dominante, mediante la ganadería en base a la diversidad de pasturas y a la vida del suelo.”

Con las raíces profundas

La familia de Luciana lleva tres generaciones en este campo. Sus abuelos inmigrantes se instalaron allí, para que su madre y su padre continuaran con la tarea rural. “Esto era una zona tambera, donde tenías un tambo con dos familias viviendo como mínimo cada cincuenta hectáreas”, apunta con seguridad de historiadora. Los recuerdos de la década del noventa la entristecen hasta el ahogo. “Acá, en la zona, había una vida que la gente no se imagina, y de golpe empezás a ver que todos se van. Vivir eso es terrible”, dice, mientras mira por la ventana, ceba unos mates y deja entrever cierta añoranza. La mirada desairada invita a caminar por esos años de dolores, incertidumbres y lejanas esperanzas. Apunta al fondo, y comparte: “La casa paterna era una tapera. Ahí siempre vivieron los tamberos. Ahí vivían dos familias que cuando cerró el tambo quedó así como está. Esa es la deuda interna. No me gusta verla así, pero no se pudo iniciar otra actividad productiva, no se pudo recuperar la casa, y una se pregunta cuánta gente necesita una casa, y eso es hoy el campo, es algo obsceno”.

Los movimientos de población en la zona se sucedieron con intensidad en las últimas décadas. Campos despoblados, ciudades intermedias más espesas, nuevos ricos, y unos cuantos pobres de última generación, si es que vale la simplificación. “Los que vivíamos en el campo éramos los ‘atrasados’, los ‘gringos pata-sucias’, y muchos de golpe (arrendaron sus tierras y) pasaron a ser los nuevos oligarcas. Otros quedaron en el camino. Y eso pasó en diez años.  Todo un contraste para que se entretengan los psicólogos”, reflexiona.

Es que la violencia del capital no entiende de prácticas culturales arraigadas por generaciones ni de saberes agrícolas que busquen la sostenibilidad ecológica del pago chico. “Empezaron a entrar las empresas, y te preguntaban si tenés campo para alquilar. Vienen para el maní, para la soja. Te llegan a ofrecer mil dólares por hectárea por no hacer nada. Y una le dice: ‘no gracias, el campo lo trabajo yo’ y te miran como diciéndote: ‘te vas a fundir’. En parte tienen razón, porque todo el modelo está armado para estas empresas, y no hay producción que se arrime a esos números. Entonces, querer quedarme en mi casa, en el campo, es más una convicción que otra cosa”.        

Desaprender  

La actualidad del campo donde habita Luciana es sólo un reflejo de una profunda metamorfosis. De esos tiempos bravos de vaciamiento rural, donde la única salida ofrecida por el mercado y buena parte del aparato estatal era la agricultura biotecnológica a gran escala, logró desembocar en una unidad en transición a la ganadería cien por cien ecológica. Esa búsqueda tuvo en 2005 un punto de inflexión. Dramático en términos familiares. Ese año dejaron el tambo. “El día que se usó por última vez, y se cargaron los camiones con la hacienda, mi vieja estaba en un poste y lloraba”, rememora. Y de la infinidad de piezas que se empastan en la memoria surge: “Cuando se fueron los animales quedó un silencio…no se escuchaba más el motor del tambo, los animales balando, los terneros, y ese silencio hacía que nos cueste dormir.”

El tiempo inmediato los puso en el sistema dominante. Tenían que alquilar parte de su campo. Estaban descapitalizados, más bien endeudados. Patrón común por entonces en los productores familiares. Poco a poco empezaron a armar un rodeo para enfocarse en la ganadería. En tanto las hectáreas que alquilaban las empezaron a manejar familiarmente en torno a la agricultura de monocultivo, para obtener recursos, subsidiar la ganadería y estabilizar el sistema de forma paulatina. Tarea nada sencilla, según explica, en función de las alternativas del mercado amparadas por el Estado, a lo largo de las últimas décadas. “Si hacés siembra directa te viene todo el paquete, uno no puede acceder a maquinaria propia, no hay nada pensado para la pequeña escala, ni del Estado y mucho menos de las empresas. Entonces es muy difícil romper esa lógica. Alquilás la máquina, y viene una cosa gigante que está diseñada para miles de hectáreas; hasta tuvimos que agrandar las tranqueras, y esa maquinaria llega con todo el combo”, cuenta sobre la experiencia personal, en un área donde le resultó imposible encontrar otras familias que intentaran quedarse en el campo y apostar a una vía cooperativa. 

En paralelo, buscaron migrar a una ganadería que devolviera la vitalidad al suelo frente a un modelo que también en los sistemas ganaderos busca la inmediatez, se desacopla de los tiempos de la naturaleza, y elimina infinidad de especies en pos de la uniformidad. “A una le enseñaban a sembrar pasto a partir de inducir un desierto: o damos vuelta la tierra o usamos agroquímicos y queda todo pelado. Después se pone la semilla e inicia el ciclo productivo. Es lo mismo para las pasturas o para los granos. Y al año siguiente se repite eso.” Por el contrario, Luciana enfocó su tarea en observar, mirar, sentir, interpretar los lenguajes de la tierra. “En un lugar donde las pasturas duraban tres años como mucho hoy ya vamos por más de seis. Eso fue un gran aprendizaje y una apuesta a las pasturas consociadas, que para los especialistas es salirse del manual”.

La consociación implica nada menos que diversidad, combinar especies para que se potencien, para que según la época del año predomine una u otra, y que el suelo no pierda su cobertura. Para lograr eso, Luciana debe pasar horas, días, meses de caminar y aguzar la vista; de entender qué pastos aportan qué beneficios y cuándo, sean cuales sean, aunque algunos les llamen malezas. Y en este andar comprendió lo que muchos parecen haber olvidado. Que la tierra tiene vida, y no sólo vale por lo que de ella puede extraerse en una cosecha y venderse. “Hay que entender que en el campo nada se desperdicia, lo que no come una vaca, lo come el suelo, y eso mantiene con vida el sistema.”  La práctica que lleva adelante es la opuesta a la del monocultivo. De base sembró seis especies, para luego dejar expresarse a otras tantas nativas y exóticas que aparecen con el correr del tiempo. Su tarea: “Ver dónde hay que dejar semillar, donde dejar una floración antes de que semille, y así vas manejando la rotación de los animales también. Es un trabajo de muy largo plazo, de ciclos, donde mirás el campo de otra manera”, detalla mientras atraviesa a pie por medio de uno de los rodeos.  

En la misma línea, en este campo apelan a reducir de forma escalonada el uso de insumos químicos de síntesis. Es por eso que el manejo integrado de plagas se volvió clave en el esquema. “Uno no debe ver sólo el gusano que se come la hoja de una planta, tiene que ver toda la cadena de esa ‘plaga’, conocer si hay benéficos, que población se come a esa plaga, cómo es la vida del insecto plaga,  eso te hace conocer más insectos, hongos, y entonces te empezás a dar cuenta que el ochenta o noventa por ciento de las aplicaciones de agroquímicos son innecesarias. Hay toda una interacción en la naturaleza, que ha sido alterada por nuestros modelos productivos y uno lo tiene que promocionar, identificar, esperar, y ayudar para que la propia dinámica de la naturaleza actúe.” De todas formas, Luciana reconoce que la tarea es inmensa, tanto como enfrentar el modelo de agronegocios que inunda cada rincón del país. “Una está rodeada de tantas hectáreas de ese tipo de agricultura que hay cosas que se le escapan. Por ejemplo, el trips de la alfalfa, es una plaga de invernadero, que pasó a la soja, y es tan grande ese cultivo, que tenemos mares de trips. Cuando se seca la soja, ese trips desesperado buscando qué comer sale para la alfalfa que está recién naciendo. Y ahí, por más equilibrado que tengas el sistema, tenés un incendio. Ahí el otro modelo, nos desborda. Es tan grande el sistema, tan baja la diversidad, que te lleva puesto.”

Para hacer más completa la transición, Luciana comenzó a trabajar con “homeopatía en los animales, por ejemplo frente a una querato-conjuntivitis”. “Con la vacunación nunca lo pudimos solucionar, y pasamos a esto, y tuvimos muy lindos resultados.”  Según explica, muchos de los problemas sanitarios de los animales también los genera el mismo círculo vicioso del sistema, que busca intensificar procesos en menos tiempo y espacios más reducidos. “Una empieza a ver que las cuestiones son más complejas que tirar un piretroide, que es muy tóxico, para matar las moscas de la vaca, pero esa es la lógica que domina.” “Nos enseñan a creer que los problemas desaparecen artificialmente cuando los dejamos de ver, y por detrás podemos estar generando o impidiendo que se manifiesten un montón de otras variables de la naturaleza”.  

Vivir en el campo, ser feliz

Actualmente el campo de Luciana dedica unas 200 hectáreas a la ganadería (600 animales) y cerca de 100 a la agricultura, alejadas de la vivienda, en una dinámica que busca cada año reducir la superficie de ésta última en beneficio de la primera. Todo un logro a contramano de la historia nacional y provincial reciente. Córdoba perdió casi 70 por ciento de su producción ganadera entre inicios de los 2000 y la actualidad (Agrovoz, 18/03/2016), en un contexto de caída general a nivel país, y desplazamiento hacia otras regiones. Estos cambios están lejos de formar parte de algún tipo de planificación en torno a la reducción de la industria cárnica por temas ecológicos o alimentarios, más bien han sido reacomodados al ritmo del aumento de la sojización, que alimenta la cadena de la carne en otras regiones del mundo (norte global y Asia). Asimismo, la situación ambiental (afectación de suelos, cuencas y poblaciones fumigadas) derivada del paso de chacras mixtas, zonas tamberas y de ganadería a pasto a monocultivo de granos ha sido vastamente documentada por científicos independientes y poblaciones afectadas.    

Luciana destaca la calidad de su producción como contrapunto de la carne que colma las carnicerías. “Hace diez años que los argentinos comen mierda”, dice en alusión a los animales que pasan por los feed-lots, que alcanza entre un sesenta y noventa por ciento del mercado local, según la zona (Clarín, 11/05/2016). En esos reductos se da una alta carga de animales en espacios mínimos, con situaciones críticas por la descarga de bosta y orín concentrada, sumado al estrés, alimento balanceado y uso de antibióticos en exceso en los animales (‘Engordes a corral en Argentina’…, MNCI). El resultado: animales para la venta en menos tiempo, carnes blandas con escaso sabor y calidad. “Una tiene animales con 97 por ciento de preñez y una mortalidad de menos de uno por ciento; un suelo donde pastan que está vivo, con lombrices en cualquier lugar donde metas una pala, sin nada de erosión”. Lamentablemente, la producción de este campo acaba mezclada mayormente con los animales del modelo dominante. La pequeña escala no le permite ubicarla en un mercado diferenciado, que al menos identifique que ese alimento tiene otras cualidades nutricionales y ambientales. “Lo más loco de todo es que te pagan menos, porque te dicen que es carne dura, porque el animal camina, y la gente ahora se acostumbró a comer eso que come.” “No hay nada pensado para el pequeño, te obligan a pasar por los frigoríficos que son monopolios, no hay alternativas ni técnicas ni económicas para dinamizar este tipo de producción familiar, y yo ya de los gobiernos no espero nada, hace rato.”  

“¿Aún me pregunto qué es la agroecología o si encajamos en eso?”, suelta Luciana, mientras regresa para la casa, donde la aguarda Camilo. “Si agroecología es ser sustentable económicamente, socialmente, ecológicamente, puedo decir que este campo tenía problemas de erosión terrible, escorrentías, voladura de suelo, planchado, y en siete años el problema está en cero. De acá cuando llueve no sale agua, y los campos de alrededor cae un poco de agua y se desbordan. Además, nos quedamos acá, en contra de todo un modelo que vació los campos, vivimos de esto, y asimismo vamos dejando atrás todo ese paquete de venenos que hace que mucha gente ni siquiera pueda venir los fines de semana a usar su casa. Que mi hijo crezca acá, que pueda caminar por un campo saludable para mí es todo”, agrega para ampliar la mirada agroecológica, un sendero en permanente transición hacia modelos alimentarios sanos, cercanos, soberanos y con un campo poblado. Frente a miles de hectáreas arrasadas por la producción de granos que acabarán en biocombustibles, en alimentos balanceados para aumentar la oferta cárnica en alguna capital europea, o en las miles de toneladas de alimentos desperdiciados (30 por ciento a nivel global, según FAO), la reconversión de este campo es una referencia. Allí donde las inundaciones hacen estragos, y donde las corporaciones presionan para desplazar la ganadería al monte que resta en el norte y oeste provincial, Luciana exhibe que quien quiera trabajar y observar la tierra para mejorar su vitalidad, tiene en una ganadería que no destruya todo a su paso un camino posible e invita a conocerlo.