El Marco
sábado 15 de septiembre de 2018

La memoria trans de La Cone, de Tronco Pozo a Sierras y Parque

Creció en Colonia Caroya como “Oscar”, luego se nombró La Cone. Con su historia se visibiliza el reclamo de toda la comunidad LGBT+.

Por Agustina Conci

Andaba en bicicleta, el pelo largo. Casi siempre se lo recogía con una gorrita, pero dicen que lo soltaba cuando se sentía protegida de miradas ajenas, bajo el techo de su casa. Nació con el nombre de Oscar: eso dijo siempre su DNI. Luego ella misma se hizo, se rehízo, con el nombre de La Cone. Vivió en Tronco Pozo, luego en el barrio Sierras y Parque, también en los lotes de la Colonia. No fue la excepción y se murió, como mueren según las estadísticas la mayor parte de las transexuales y travestis en nuestro país: entre los 35 y los 40 años.

Integrantes de Igdis Norte (Igualdad y Diversidad del Norte de Córdoba) y del Consejo Participativo de la Diversidad Sexual e Identidad de Género de Colonia Caroya recuperan con un trabajo hormiga, la memoria trans de “La Cone” a través de la mirada de familiares y amigos. Lo hacen como un ejercicio para evocar el pasado y el presente: ella nació varón, se autoidentificó mujer, y vivió en Colonia Caroya, peleando contra el conservadurismo, el silencio y la discriminación. Rescatar su nombre es el primer paso, porque en el suyo se reflejan muchas historias similares, y el desafío, como siempre, es salir del clóset: romper el silencio.

“Hicimos el ejercicio, y pensamos en algún compañero o compañera que haya vivido este sistema de exclusión, cargado por sus preceptos morales o religiosos. Ella fue, como otros, víctima del patriarcado constante, que no deja ser a alguien. La Cone era un joven que construyó su identidad en forma rudimentaria, a puertas cerradas en una familia campesina, de pobres estructurales”, cuenta Miguel Ávila, integrante de Igdis.

La Cone nació en Quilino, provincia de Córdoba, en agosto de 1954. Su madre murió a cuando tenía dos años, y la familia se trasladó a Colonia Caroya. Nunca fue escolarizada, nunca tuvo trabajo. Desde pequeña tenía comportamientos y actitudes afeminadas: “siempre le decían que era por la falta de su madre”, recuerda Miguel Ávila. La patologización, la asignación de una carencia, una enfermedad o la locura a su forma de ser, se convertían en un estigma que no había que mostrar fuera de la casa. “Así surge la necesidad de tutelarlo permanentemente, discapacitarlo. Como si ser así fuera una enfermedad. Entonces no trabajaba, y fue creando dependencia material de sus hermanos, de su padre, de su hermana”, sigue Miguel Ávila.

Aun así, en su vida fue haciéndose de amigxs que la cuidaban y la querían. También se hizo cargo de la casa; era habilidosa, planchaba, bordaba, cocinaba. Cuando iba desde Tronco Pozo a la zona “del quince” a hacer las compras de la casa, llevaba borcegos y pantalones chupines, camisa de gabardina. Pero en la casa, amaba los volados y los vestidos bien ajustados.

La Cone nació en una época donde no se hablaba de identidad de género, ni de cambio de sexo. Ni siquiera se podía pensar en llamarse por el nombre autopercibido: que me llamen como siento que soy. Tal vez por eso Miguel Ávila alterna los pronombres de varón y mujer en el relato; tal vez para ella nunca hubo esa distancia, y fue todos a su tiempo –él, ella- o después ninguno. A veces apariencia de varón, cuando adolescente. Luego una mujer que se maquillaba, se pintaba las uñas y hacía todas las tareas de la casa. Pero nunca pudo autonombrarse Carolina, como hubiese querido. Le quedó más bien el apodo que los demás adoptaron para ella: Cachi, o La Cone.

“Ella nunca llego a un proceso filiatorio de identidad, me parece que no lo pudo hacer, porque no lo entendía, y creo que tuvo que ver con esta continua vulneración: siempre decimos que la privación continua de derechos básicos, sostenida en el tiempo, hace que las personas no tomen conciencia de sus derechos. Y es tan importante la identidad, cómo me nombro. Existo. Estaba tan negado eso, que me parece que no se permitió pensarlo”, dice Miguel Ávila.

Puertas adentro

Para su cumpleaños, se montaba con maquillaje, uñas, collares. En algún tiempo la melena castaña se volvió colorada. Dicen que era muy flaca, y que hacía chistes con su nariz prominente. Se depilaba prolijamente las cejas con pincita.

Después se mudó a Sierras y Parque, y participó de una iglesia evangélica. Ahí encontró un espacio de consuelo, y se hizo devota de los santos. Era de enamorarse: tuvo un gran amor, y muchos amores idílicos. “Ella construyó su identidad de género con las pocas herramientas que tenía, y con el nulo apoyo familiar o social. Hoy hay gente trabajando, y visibilizando estas transiciones, pero ella no podía plantear, yo soy, o me siento mujer en un cuerpo de hombre”.

La Cone murió en Puesto Viejo, en la zona rural, víctima de una enfermedad oncológica y en contexto de pobreza extrema. Al revés de lo que dicta el estigma que cargan trans y travestis, no murió de VIH, y nunca ejerció el trabajo sexual como opción de vida. Pero tampoco pudo salir a la escena pública mostrándose tal cual era. Para Miguel Ávila, en la familia se lo permitieron hasta cierto punto, “y después, subordinada por las ideas religiosas, no pudo terminar de construirlo”.

Ajustada como los zapatitos de la Cone

La biografía de La Cone busca ser la primera hoja de una carpeta que pueda nombrar a otras compañeras. Reconocerse en memorias es una herramienta más para luchar contra la discriminación y la muerte. La comunidad trans es de las más vulneradas: no hay personas trans en el mercado formal, con cobertura social.

Por eso, harán un homenaje cuando tengan listo el trabajo, que incluye entrevistas, charlas, y archivo de fotos y recuerdos.

“Necesitamos que el compromiso del Estado se traduzca en puestos de trabajo para la comunidad trans. Tampoco hay en la zona consultorios médicos amigables con la diversidad, todavía hay gente que deliberadamente no te llama por tu nombre autopercibido”, ennumera Miguel Ávila.

En la historia de La Cone se reflejan las desigualdades de un pasado que aún proyecta sus sombras sobre la comunidad LGBT+, aún después de las leyes de Identidad de Género, o de Matrimonio Igualitario.

Recordar es la forma de vigilancia continua que eligieron en Igdis, una historia que contada colectivamente siempre tendrá más fuerza que los relatos individuales: “Nos recordamos que como sociedad seguimos estando estancos en algunas cosas, que seguimos reproduciendo estos discursos que excluyen, que marginan, que dejan de lado a una persona, sin posibilidad de trabajo, salud, educación, protección familiar”, sigue Miguel Ávila.

El ejercicio, además, trabaja sobre las asperezas, pero también desde la alegría. “Tenemos la capacidad de reírnos de nosotros mismos, de hacer humor para que no nos duela tanto la marginación”. Por eso, en Igdis no se dice “ando sin plata”, se dice ando ajustado como zapatito de La Cone. “Así queda viva en nuestra memoria”.