El Marco
viernes 05 de octubre de 2018

“Tenemos que repensar cómo nos vinculamos con nosotras mismas frente al espejo, y cómo miramos a las otras”

Maja Correa Pousa escribió un libro donde conviven las palabras menstruación, patriarcado, biodanza y ciclos lunares.

Por Agustina Conci

María Jose Correa Pousa, Maja, como firma su libro, vive en Colonia Caroya y es profesora de biodanza. Se formó como doula (acompaña los procesos de embarazo y parto). Además es profesora de danzas clásicas y danzas afroamericanas, mamá de dos. Creó el espacio Sanación Matriz, para indagar el ciclo menstrual de las mujeres, como una forma de terapia.

Ahora, editó su trabajo de tesina en un libro, “Biodanza y ciclicidad femenina”. En sus páginas confluyen nuevos sentires y propuestas para el cuerpo, vivencias antipatriarcales y más amigables con nuestras/las naturalezas, y un catálogo de diosas para volver a mirarnos en nuestros deseos femeninos. “Biodanza trabaja con poner la vida en el centro, y propone correrse del sistema antropocéntrico y de muerte: es un desafío colectivo”, propone.

Mientras conversa con El marco, alterna el dejo del acento jujeño con el cordobés. Dice que el libro atravesó su trabajo, sus procesos personales y hasta el propio cuerpo. En el camino, aprendió que no todas las mujeres menstrúan, y que además menstruar es un proceso que está atravesado por muchas cargas sociales negativas. “No todas las mujeres tienen útero, ni tampoco todos los seres con útero se consideran mujeres. Por eso transformé la forma en que había sido escrito el libro”, dice Maja.

El marco- Las identidades disidentes (LGBT+) o feminizadas vienen desarmando las ideas sobre lo que es hegemónicamente bello. ¿Cómo hacemos para amigarnos con nuestros cuerpos?

Biodanza es un sistema de integración humana, renovación orgánica, rehabilitación afectiva y reaprendizaje de las funciones originarias de vida. Es un movimiento pleno de sentido. Implica reconocer que todo el tiempo estamos danzando, las palabras, el gesto, la mirada. Registrar en el cuerpo la energía de cada fase (menstrual) y danzarla, es revolucionario frente a cinco mil años de patriarcado. Sólo que está todo tan masculinizado, en una cultura que es muy visual y fálica, y nosotras también nos acostumbramos a eso. Los procesos transformadores profundos se dan desde el cotidiano: tenemos que repensar cómo nos vinculamos con nosotras mismas al mirarnos al espejo, y cómo miramos a las otras. Integrar el ciclo menstrual desde una consciencia existencial hace que te des cuenta de que tu cuerpo está a tu favor. Y eso es todo lo contrario a lo que nos han enseñado. Lo que nos enseñan es que ya desde que nacemos mujeres, más allá de las desigualdades sociales, tenemos una desigualdad física que es menstruar. Y nos dicen bancatelá, y pensamos que tiene que ser así. Frente a un sistema de muerte y desigualdades en el que vivimos todas las personas, seguir creyendo que lo que está mal son nuestros cuerpos, es un error con un costo muy alto. El sistema está mal, no mi cuerpo.

Diosas, todas

El libro recupera un catálogo de diosas olvidadas y las relaciona con la energía femenina que se activa en cada momento del ciclo menstrual. Desde Afrodita y su hermosura, pasando por Artemisa, una diosa hogareña que sabe muy bien qué desea, hasta Lilith, que fue castigada por Dios por querer vivir en libertad y entre las bestias. “Lilith representa el deseo femenino liberado, ella quiso vivenciar su sexualidad sin quedar embarazada. No nos enseñan que eso es una posibilidad para nosotras….”, apunta Maja.

-En estos días y debatiendo el derecho al aborto seguro y libre, escuchamos mucho sobre el deseo, y reaparecieron otras formas de vivenciar el cuerpo. ¿Qué lugar le cabe al deseo?

El deseo es fundamental, pasa que por cómo nos enseñaron y por cómo estamos educadas, más allá de las disposiciones biológicas del cuerpo naturales, receptivas de la feminidad, el ciclo no es lo único importante. Hay otra posibilidad, que es liberar el óvulo, y no quedarnos embarazadas. Pero además nos han enseñado que el deseo debe estar siempre desplazado: hacia un hijo, hacia otra persona, siempre hacia afuera y nunca para nuestra vida. De todos los arquetipos históricos que había para las mujeres, nos dejaron dos: el de Eva, y el de la virgen María. Todos los demás son silenciados u ocultados. Poder empezar a ver que esa energía de lo maternal puede estar disponible para nuestra propia vida, es fundamental. Es decir, el deseo se manifiesta en el vínculo que tengo con mi misma, sentirme deseada y deseante. Nuestra revolución no viene solamente por la libertad sexual y genital. Eso es una confusión. Si nos dicen que nuestro cuerpo no es algo valioso, es difícil salir al mundo sin ser dañadas, porque crecemos rodeadas de pequeñas violencias constantes. La biodanza recupera esa conciencia del respeto.

-¿Qué otros arquetipos podríamos tener, además de Eva y la virgen Maria?

El arquetipo funciona como una energía que trabaja a nivel colectivo: si yo te digo Eva, sabemos a qué nos referimos. Son historias que seguimos repitiendo. El patriarcado también es un mito: es un cuento que nos contaron, y que escuchamos desde pequeñas, desde las células, y vamos creciendo y lo seguimos sosteniendo. Así, es difícil dejar de contar la misma historia. Yo trabaje en el libro con arquetipos de diosas griegas o romanas, pero el fin es activar la consciencia de la ciclicidad. Para poder tomar conciencia de que hay varias energías danzando dentro de mí y que nunca soy un sólo arquetipo.

-Si el útero no nos define como mujeres, supongo que se van modificando también los roles y las expectativas sociales sobre nosotras. ¿Qué es para vos la feminidad hoy?

Es una construcción, sí o sí. Si sos feminista, deberías actuar de tal manera, si sos madre, deberías otra cosa, si sos mujer, deberías… Estoy intentando correrme de esos debería para encontrar lo ético dentro mío. Y eso no es un proceso que se dé en solitario, si no con otras personas, y especialmente con otras mujeres. Hoy me percibo mujer, y creo que es la primera vez que lo pudo hacer desde un lugar feliz. Tengo todo mi cuerpo modificado por la

maternidad, desde el estereotipo, y sin embargo hoy siento mucha más plenitud. El proceso de integrarme a mí misma incluyó abrir el concepto de belleza, que sea de adentro hacia afuera y no desde la mirada de otros, dame el lugar que necesito para mis procesos, para el abrazo, para abrazar a otres. Son cosas muy importantes y desde ahí voy viendo quién soy.

Un trabajo ilustrado

El libro tiene trabajos de las ilustradoras Emitxin, Nani Oviedo, Florencia Acosta (Nébu) y Nube Villaroel. Es un trabajo colectivo que por ahora se consigue sólo de manos de su autora.

-¿Cómo imaginás a tus lectoras?

Yo deseo que el libro pueda ser una puerta, una introducción a un mundo posible. Como se trata de biodanza, es importante que después de leer puedan animarse a poner el cuerpo. Tenemos que danzar nuevas posibilidades. Podemos así apreciar la danza entre nosotros, en nuestras ciudades, volver a mirar el mundo con dignidad, abriendo el pecho. Para eso sirve la biodanza. Y si a eso le sumamos una vivencia entre otras, colectivamente, podemos repensarnos y decir, “tal vez”, o preguntarnos: “¿y si…?”.