El Marco
miércoles 10 de julio de 2019

El Centro Cultural La Caroyense inaugura una imperdible muestra de Berra y González del Solar

La apertura será el viernes 12 a las 20 hs.

La propuesta artística se renueva en Colonia Caroya de la mano del Centro Cultural La Caroyense. En esta oportunidad,  dos grandes artistas, Ernesto Berra y Rodolfo González del Solar expondrán sus obras en las salas de la bodega. El viernes 12 será la apertura de la muestra.

Ernesto Berra

Cada obra de Ernesto Berra es un viaje lleno de conversaciones entre el pasado y el presente. Entre el primer acercamiento del artista –un paisaje, un lugar, una idea-, el boceto como momento fugaz, la concreción de la idea y su ejecución, se abren dimensiones múltiples y paralelas. Podemos ir eligiendo cuál habitar.

Reinventar, destruir y reconstruir son hábitos de artista. Ernesto no sólo los lleva a su máxima expresión, sino que tiene la paciencia del pescador: cuando llega la hora, la obra puede ser revisada o saboreada, como el licor que espera un momento del invierno.

En su método la reincidencia no es pecado. Puede levantarse una mañana, temprano, encontrarse, abandonar, reencontrarse con una obra, varias veces al día. A veces saca otra obra más antigua, la vuelve a reinterpretar.

“En mi obra la materia es generadora, movilizadora, tanto como en el ejercicio del trabajo. Experimentar diversas técnicas en una obra me lleva a realizar otras obras y así sucesivamente. En la marcha, uno va cambiando esas técnicas, le va encontrando la vuelta al material, tratando de sacarle el máximo provecho. Indudablemente, primero debo encontrar la idea que soporta la obra, quedando el material subordinado a ella, aunque a veces este sea más protagonista”.

¿Quién nos asegura que lo que vemos ahora no será nuevamente rescatado, modificado, interpelado? ¿Acaso no cambiamos también nosotros la mirada, la precisión, la madurez, el anhelo?

Hay algo de juego, las vivencias y la existencia que intentan entender el mundo: la madera se enriquece con materiales como las chapas, las telas, los alambres y los encolados; como una arquitectura personal, un deseo para una partecita del mundo.

“La idea es trabajar libremente y adaptar los materiales y las técnicas según convenga a la obra, dejar fluir. No importa tanto el qué sino el cómo. Es decir, no importa qué se hace, sino cómo se hace”.

Para la tela en cambio: rasgar, pintar, es parte de la obra. Los colores nos acercan al paisaje cordobés, a las sierras con su gama de marrones y verdes, al cielo con los azules, amarillos, rojos y naranjas. No le interesa la prolijidad, o el acabado pulido, le importa la posibilidad de que el observador pueda completar la obra, si algo no está acabado podemos asomarnos a su interior. Las casas, la casa, el material con que se construyen, se habitan y se elevan las casas, son recurrentes. La casa es la excusa para habitar ese relato, allí está la persona, aunque se trate de un paisaje serrano, o de cualquier lugar.

Hay algo de lo geométrico que nos implica un viaje, un cambio, un regreso forzado: un edificio inaprensible, el vacío de una calle, fragmentos de ciudad que se fueron plasmando; no podemos

saber dónde es, pero lo ubicamos en nuestro mapa imaginario. El barrio General Paz deja de ser General Paz una vez que hemos asomado a la obra de este artista.

El mismo material lo sugiere, aquellas limaduras y fracciones, elementos con los que el artista se tropieza, aunque desmiente que sea casual. Hay voluntad de transformar deshechos en sensaciones: “Mucha gente habla de estos objetos encontrados. No son tan casuales estas cosas que yo encuentro, o que me encuentran a mí. Hay una búsqueda y un encuentro”.

Podemos viajar por las obras, trasladarnos por el paisaje cordobés, sin tener que movernos. Un mínimo detalle del paisaje urbano puede despertar una maravilla. Luego intentamos volver a aquellos lugares, pero ya no los podremos ver con los mismos ojos. Ernesto habita en ellos, renueva el paisaje, con él la mirada, junto con nuestra experiencia.

Nos recuerda cierta volatilidad del paisaje, ese que parece inamovible, pero se va erosionando invariablemente con el cambio imperceptible: nuestro paso por el mundo.

 

Rodolfo González Solar

El movimiento, la ondulación, el baile. Rodolfo Gonzales del Solar nos provoca siempre algo intenso, un remolino en el corazón, la chispa de la duda y luego la calma, como si entráramos a un espacio natural, propio, intacto…

Sus obras utilizan el hierro, por lo que esperaríamos algo pesado, tosco, con fuerte carga, material que une el calor al fundirlo y el frío al final; el hierro en ciudades, máquinas, herramientas. Sin embargo Rodolfo logra que ese elemento aparezca como danzando.

“Me interesa mucho la contraposición entre la figura, la intención de la obra y el material en el que se representa (…) sin importarme la materia, busco la ingravidez, la fragilidad”.

Olvidamos esa condición del peso, de repente el movimiento recuerda a la liviandad de las hojas, de un viento suave, brisa marina, naturaleza viva, el fuego sereno. La obra es totalmente liviana.

La elección de los materiales no es una cuestión arbitraria, el artista los asigna a la obra en el momento de concebirla. “La imagen generalmente es la figura humana que se fusiona y de ahí surgen fuegos, hojas, vientos, agua”.

El proceso comienza con dibujos, bocetos, y luego dependiendo la escala se hacen maquetas para estudiar mejor la forma y el equilibrio. Se trabaja en arcilla, material que luego puede convertirse en resina o fundición, o directamente una chapa, “buscando que el material acompañe el sentimiento que deseo transmitir”.

Ese devenir de objetos colgantes, que parece que están suspendidos en el aire y que son parte de la naturaleza, transformados y realizados también en hierro, es un contrapunto, una contradicción apropiada. Fragmentar los cuerpos, maximizar la sensación de sensualidad, calidez y tacto. Otra vez el material confunde y cerramos los ojos al frio del hierro. Se logra así embarcarnos en una aventura en el uso de material, un riesgo acertado que toma el artista al elegir el hierro como expresión de su obra.

La búsqueda sin dudas es el movimiento, la puesta en órbita de nuestra propia calidez, resonancia de la naturaleza exterior en nosotros. Cuestionar leyes universales: gravedad, liquidez, solidez. Apurar el soplo, intentar la liviandad, ensayando un movimiento que nunca nos permite caer, nos permanece.