El Marco
viernes 16 de agosto de 2019

Reencontrarse con el cosmos para otra agricultura

Raúl Fermanelli es un referente en agroecología. Su transición agrícola como cambio profundo de vida.

Por Leonardo Rossi

Se puede estar totalmente inmerso en la maquinaria, y aun así abrir nuevos sentidos, cuestionar, repensar, renacer. Son muchas las historias de este tipo. Un caso especial es el de Raúl Fermanelli, hoy considerado un agricultor de referencia en agricultura ecológica biodinámica en la provincia, con casi dos décadas de práctica a campo. Este hombre de pelo encrespado, entre rojizo y rubio, de más de 50 años, es un transmisor de sabiduría y amor por la agricultura como pocos. Pero su historia anterior a esta profunda conexión espiritual con la tierra ha sido por demás dolorosa. En su chacra ubicada en Ferreyra, unos minutos al sud-este de la ciudad de Córdoba recibe al cronista, donde se tomará el tiempo necesario para explicar cada paso de ese “cambio de conciencia, que fue cambio de vida”, con la agricultura ecológica como semilla.

Raúl recuerda que la infancia en la chacra, donde su familia vivió y trabajó siempre, había sido feliz; de un campo con vida, con aromas, sonidos y sentires vinculados a cierta diversidad que normalmente las zonas agrícolas solían tener. “Desde niño nací y me crié acá con una agricultura sana. Después fue entrando la agricultura industrial, en los setenta y ochenta. Yo había sido muy feliz de niño, había respirado aire puro. Fui sintiendo que esa agricultura industrial nos traía soluciones, pero no sabíamos el costo ambiental de eso.” La reflexión de este agricultor se repite una y otra vez en miles de experiencias. El discurso del progreso, de la agricultura moderna, de la reducción de tiempo y esfuerzo humano, de la tecnología de punta que supuestamente usan en otros lados, y las trampas económicas que poco a poco generaron telarañas financieras para los agricultores fue calcado en diversas regiones del mundo con el impulso de las multinacionales del agronegocios y gobiernos cómplices. Desde las últimas décadas del siglo XX a la actualidad casos hermanados como el de Raúl pueden encontrarse en la India, en el sudeste asiático o en Centroamérica. Agricultores que vivían de una forma sana, con economías chicas pero sostenibles a largo plazo fueron llevados al embudo de la agricultura industrial. Aunque las dificultades económicas que sistemáticamente atraviesa la agricultura familiar, producto de estos modelos, es el punto de mayor difusión mediática son varias y graves las heridas que implicó este empuje a la dependencia químico-industrial. Raúl las pone en primer plano. Primero apunta una verdad que todavía buena parte de la sociedad ignora. No son pocos los agroquímicos que “nacen para eliminar los montes en la guerra, y después se les buscó otro uso para venderlos”. El caso del agente naranja, compuesto con el híper utilizado actualmente 2.4D, es un ejemplo típico.

Entre sus pesados recuerdos, hoy devenidos aprendizajes, Raúl dice sin vueltas: “Yo era el que más andaba fumigando. Era socio con mi padre, y dos veces al año, un par de semanas, estaba lleno de venenos de la mañana a la noche”. De esas prácticas que realizó durante décadas, apunta que “llegaba a casa con la ropa toda sucia de esos productos”. En sus propias palabras, “todo era muy torpe”. Aunque hoy las corporaciones hablen de buenas prácticas agrícolas, durante años negaron o minimizaron el potencial de afección a la salud que el uso diario de estos productos acarrea. Los plaguicidas literalmente se esparcían por la vida de los Fermanelli. “Mi señora me decía que le picaba la boca cuando lavaba la ropa, no teníamos claro de dónde venía el problema. Después mi hijo se enfermó, y ahí ya fue más grave. Se descompuso un jueves a la noche, y murió un domingo, de una forma muy violenta, tenía un año y medio. En el medio, mi señora tuvo un tumor, muy joven con treinta años. Entonces vivir eso era ver que se iba todo al tacho”, suelta con dolor pero con el aplomo de haber revisado una y otra vez esa película. Raúl agrega: “Lo de mi hijo lo vinculo totalmente a este modelo. Yo hoy tengo todavía problemas en mi piel, secuelas de ese tiempo. Pero la muerte de mi hijo fue en 1995, y todavía en esos tiempos no se hablaba como ahora de qué estaba sucediendo en los campos”. En su caso, como miembro de una familia dedicada al cultivo de papa reconoce que utilizaba “gran cantidad de fungicidas, herbicidas, insecticidas, un kit muy fuerte que te da la industria”.

A los dolores nacidos en el campo, Raúl les buscó sanación en el propio campo. Cursos de agricultura biodinámica, una práctica holística promovida en Europa hace alrededor de un siglo atrás por Rudolph Steiner, devinieron en otra mirada de cómo trabajar la tierra, pero esencialmente en otra forma de entender la trama de la vida. “La agricultura biodinámica es un idioma que uno tiene que construir con el tiempo, ese cambio cuesta comprender. Yo sentí que era para bien, y lo hice muy convencido, y así fui creciendo, tomando confianza. En 2001 ni se conocía la palabra orgánico, y menos acá donde estoy en el centro de una zona de Argentina donde se fumiga muchísimo. Y la agricultura biodinámica es lo opuesto a la agricultura industrial.” En esa transición, este agricultor comenzó a reducir el uso de insumos químicos de síntesis, a valorar los propios mecanismos regulatorios que la naturaleza genera en cada territorio, a respetar los ciclos lunares, y conectar su práctica con las fuerzas cósmicas del universo, esas que durante tanto tiempo siguieron comunidades indígenas y campesinas en todo el mundo. “Yo no quise hacer un cambio para seguir metido en la compra sino para generar mis propios insumos. Las empresas crecen, y los agricultores, y  consumidores trabajamos para ellos. Yo busqué una agricultura que te libere, y lo conseguí en la agricultura biodinámica”, apunta Raúl, siempre con voz serena. En su hablar hay una energía por demás abrazadora que fluye por todo el ambiente, y sus frases van tramando una constelación de afecto. Las palabras de Raúl son la antítesis de la parafernalia publicitaria del agronegocios, tan cargada de muerte, eliminación, competencia y demás. “Creo mucho en las fuerzas espirituales, que te dan energía cada día, y ello te ayuda mucho a llevar adelante una agricultura sana”, comparte. Esos pasos hacia otra agricultura redundaron en un verdadero reordenamiento territorial. La sanación profunda de Raúl en cuerpo y alma siempre dialogó con la recuperación de la tierra, como un verdadero organismo vivo, contraria a la visión del suelo como cosa inerte que practica la agricultura industrial. El campo se volvió a poblar de bichitos en el suelo, de aves en los cielos, y de visitantes que gustan de estar en chacras en las que se puede respirar con calma. “La gente que hace agricultura con químicos en general hoy no vive en los campos. En cambio, donde practicamos agriculturas limpias, empieza a venir gente, y se llenan. No es una casualidad. La gente quiere estar en lugares limpios, y nosotros, que hacemos esta agricultura, le damos gracias a la vida, a la gente que te visita, que comparte, que te da un abrazo. La otra  agricultura es solitaria”, sostiene como para no tener que agregar nada.

Raúl se levanta, y lleva de recorrida al cronista por los lotes. Explica sus métodos, exhibe la gama de producciones diversas, que cooperan y no rivalizan, y continúa con su ofrenda de saberes. “El padre de la biodinámica, Steiner decía hace cien años que cuando la industria se cambiaba cada década es porque lo anterior no funcionaba, y eso es andar en tinieblas. Cuando uno encuentra que funciona bien no lo cambia, lo transmite de generación en generación, y eso es lo que había sucedido en la humanidad. Entonces cuando te quieren vender todo de nuevo es porque se trata de negocios, es otra cosa. De eso, como humanidad nos tenemos que hacer cargo”. A partir de su práctica biodinámica, este famoso productor de papas libres de pesticidas entiende que su rol es ser “un eslabón de la cadena de la humanidad como agricultor, con un servicio que es producir un alimento limpio, que alimente, que sirva para la vida de esa persona que lo va a consumir”. Y la cosa no cierra ahí, más bien no empieza allí, sino que “para hacer ese alimento, con esa fuerza, con ese apoyo de la materia y espíritu, me tengo que alimentar bien yo, estar en paz, y eso se transmite en el propio alimento”. Es decir, que “el alimento tiene que salir lo más sano posible para la vida, porque esta agricultura busca que seamos libres”, que se reduzcan las posibilidades de enfermedad, y que los cuerpos tengan la mayor autonomía posible también para construir su salud. Desde esta mirada se plantea que “se puede tener salud sin químicos ni fármacos de forma crónica, porque la salud empieza en la agricultura”. Y este hombre hace su aporte en la construcción de dietas saludables. Actualmente cosecha papas de tres variedades, trigo, maíz, garbanzo, mijo, ajo, entre otros cultivos. En total trabaja unas setenta hectáreas, en las que se utiliza guano y bosta de vaca para abonar, además de preparados naturales, para reducir hongos o repeler insectos, a base de plantas que cultiva en el propio campo. Pero más allá de cualquier bio-preparado para Raúl es clave “el aporte del mundo espiritual para encontrar soluciones”, que por lo general implica “dejar que fluya esa energía del bien”. “Yo cada día cuando me levanto, hago mis oraciones, agradezco. Uno lentamente va desarrollando un sentir, para ir tomando decisiones. Pero cuando uno se conecta bien, con ese mundo puro, prácticamente ya no hay problemas”.

Las producciones de la chacra de Fermanelli ya tienen su fama en ferias y almacenes agroecológicos y grupos de consumo consciente. “Hace más de quince años que estoy en esto, y me fueron conociendo, sobre todo por las papas. Pero en esto siempre entiendo que mi servicio es ofrecer, como decía antes, un alimento que alimente, y no usar ese alimento para hacerme poderoso. Hago una papa que alimenta, simplemente eso. Y lo que quiero es que ese alimento alimente en la mayor cantidad de sentidos. Es una simple papa, pero el prójimo espera estar mejor que antes cuando busca esa papa. Y esa es la diferencia con una papa llena de fungicidas, de fertilizantes químicos. Yo vendía eso antes, y ahí la papa era un vehículo para hacer capital y nada más”.

De regreso hacia el frente de la casa, Raúl observa la inmensidad del campo e hila las últimas reflexiones. Estamos en los principios de un gran cambio para bien. Va a depender de la sociedad hasta dónde lleguemos. Podemos tener un país que provea alimentos sanos, pero hay que entender que si hay algo que nos hace mal como humanidad hay que descartarlo. El cambio ya está en marcha, y en la agricultura sana está la salida, pero tenemos que involucrarnos todos, y el que no quiere que no sea un obstáculo. Tenemos que sanamente alimentarnos, eso es simple, la vida es simple y es lo que más nos cuesta”.